Política

Cuando cruzar la frontera te salva de la muerte

Refugiados colombianos: cuando cruzar la frontera te salva de la muerte

Cada mañana desde hace un año, Orlando Truque comienza su ronda como vendedor de arepas por la ciudad de Lago Agrio, capital de la provincia ecuatoriana de Sucumbíos, con una parada regular: la Dirección General de Refugiados.

“Yo recorro la ciudad pero arrimo aquí hasta las 08:00 y a esa hora me voy. En los últimos dos años ha llegado harto colombiano. Yo veo aquí aproximadamente unas 40 personas cada mañana”, le cuenta a BBC Mundo este colombiano que vive en Ecuador desde hace ocho años.

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En la ciudad donde vive Orlando, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) creó una suboficina debido a la cantidad de personas que huían de Colombia cruzando la frontera sur, conformada por los ríos San Miguel y Putumayo.

 
 

ACNUR tiene registrados en las provincias ecuatorianas de Sucumbíos y Orellana unos 14.581 refugiados (el 99% colombianos) mientras que en todo el país la cifra de refugiados es de 52.000 (98% colombianos).

Según el Municipio de Lago Agrio, el 24% de la población de esta ciudad está compuesta por refugiados. Pero según datos de la ACNUR, en las comunidades rurales ecuatorianas cercanas a la frontera el porcentaje promedio de refugiados colombianos es del 60%.

La realidad de estos colombianos es muy distinta a la que viven sus compatriotas en centros urbanos como Quito, Guayaquil o la misma capital de Sucumbíos. Su cercanía a la zona de conflicto hace que, por ejemplo, muchos no quieran admitir su condición de refugiados.

“No”
“Yo recorro la ciudad pero arrimo aquí hasta las 08:00 y a esa hora me voy. En los últimos dos años ha llegado harto colombiano. Yo veo aquí aproximadamente unas 40 personas cada mañana”

Orlando Truque, colombiano residente en Ecuador
BBC Mundo visitó tres localidades fronterizas con ACNUR. Por seguridad de los entrevistados, ninguna será identificada en este reportaje y no aparecerá la identidad completa de los que accedieron a hablar con nosotros, incluso de aquellos que se dejaron fotografiar.

Antes de partir desde Lago Agrio hacia el norte, los miembros de la organización nos anticiparon que –a grandes rasgos- podíamos encontrar tres clases de refugiados: los que no quieren hablar, los que prefieren pasar como migrantes y no como refugiados, y los que no tenían miedo de compartir su historia.

En la primera localidad encontramos a Luzdary, quien lleva cinco años en Ecuador de los cuales tres estuvo esperando su estatus de refugiada. De entrada nos pide que no la fotografiemos y deja claro que no quiere regresar a Colombia.

Sólo nos cuenta que vino de la región colombiana del Caquetá porque allá había “problemas”. Cuando BBC Mundo le pide si puede explayarse en la respuesta, la respuesta es aún más corta: “No”.

Como la mayoría de las comunidades rurales del norte ecuatoriano, el pueblo donde vive Luzdary no tiene ni luz ni agua potable, aunque la vía está lastrada con piedras, lo que permite una mejor entrada de vehículos.

Son estas regiones que ya tenían pocos recursos las que han recibido gran parte del impacto social y económico que implica la llegada de refugiados. El objetivo del gobierno ecuatoriano y de la ACNUR es que la ayuda internacional beneficie tanto a los que huyen como a los que los reciben.

Por amor
La mayoría de las comunidades rurales del norte ecuatoriano no tienen luz eléctrica ni agua potable.
En la segunda localidad que visita BBC Mundo, a la que se accede por una vía de tierra sin piedras, otro ecuatoriano llamado Fredy nos dice que desde hace cinco años cada vez llegan más colombianos, pero todo se ha vuelto parte de la tradicional dinámica fronteriza.

“Aquí no tenemos ningún problema con la gente del otro lado. Somos vecinos. Siempre intercambiamos. Por ejemplo en deportes, vamos al otro lado. Ellos vienen acá. Y jugamos fútbol. Jugamos Ecuador vs. Colombia o jugamos variados, revueltos. No hay rivalidad”.

En este pueblo BBC Mundo entrevistó a dos hermanas refugiadas, Liliana y Nancy, pero ambas dijeron haber cruzado la frontera sólo por amor. Las dos están casadas con ecuatorianos.

“¿Quién sabe qué motivos tendrán para venir? Violencias, de pronto”, dice Liliana cuando le preguntamos por qué hay tantos refugiados colombianos en Ecuador.

Su hermana Nancy responde que en la zona del Putumayo donde ellas vivían las “balaceras se escuchaban lejos”.

“No se trata de decir que todos los colombianos en esta provincia han huido, pero si son refugiados y dicen que no lo son es por porque están demasiado cerca y porque saben que en estas zonas, de ambos lados, sigue habiendo actores del conflicto”, le había anticipado a BBC Mundo el francés Xavier Creach, jefe de la suboficina de Lago Agrio.

“¿Cuándo me tocará?””El campesino está muy relacionado con la tierra. Entonces no se puede suponer que todo se solucionará cuando se acabe el conflicto en Colombia. Queda el tema de la reintegración, que para un campesino significa recuperar sus tierras, su finca”

Xavier Creach, ACNUR
Además del miedo, propio de todo refugiado, Creach destaca otra particularidad de la mayoría de colombianos que viven en las zonas rurales ecuatorianas: su condición de campesinos.

“El campesino está muy relacionado con la tierra. Entonces no se puede suponer que todo se solucionará cuando se acabe el conflicto en Colombia. Queda el tema de la reintegración, que para un campesino significa recuperar sus tierras, su finca”.

En la tercera localidad, BBC Mundo encuentra a uno de estos campesinos, Pablo, quien tenía su propiedad en el Caquetá y era parte de una cooperativa de 60 “finqueros”. En un periodo de tres años sólo quedaron 13.

“Si a uno lo llamaba el ejército para pedirle papeles, inmediatamente había quien lo estaba viendo y le decía a los otros ‘ése está hablando con el ejército’. Y si no lo mataban, lo desterraban”.

“Entonces uno ya empieza a sentir un temor y se dice ‘¿cuándo me tocará a mí’? Entonces, para no llegar a ese lugar, yo dije ‘mejor me voy’. Hice un mal negocio y me fui”.

Pablo no duda cuando se le pregunta si regresaría: “Yo quisiera volver. Aquí es muy bueno pero no hay como el país de uno. Y más cuando el sustento de uno es únicamente las manos para trabajar. Cuando uno tiene dinero las cosas cambian, pone un negocio. Pero así es difícil”.

La carga”Si eres periodista es más fácil regresar. O un defensor de derechos humanos. Vuelves a tu departamento en Bogotá. No digo que su situación actual no sea complicada pero la dinámica de la reintegración es mucho más fácil”, dice Creach.

“Si pones a un campesino en una casa de cemento con agua, electricidad y teléfono en una ciudad no va a regresar. Va a decir: ‘¿Y después qué hago? Yo lo único que sé hacer es cultivar'”, agrega.

Con respecto a las acusaciones aparecidas en algunos medios ecuatorianos de que hay refugiados en el país que colaboraron con los grupos armados del otro lado de la frontera, Creach piensa que muy poca gente entiende lo que es para un campesino vivir en una zona de conflicto.

“Un grupo armado viene a pedirte un pollo. Hay que ser bien ingenuo para pensar que puedes negarte. Te toca darlo. A veces te toca dar tu hijo. ¿Cuántas familias en Colombia tuvieron que entregar un niño como parte de una campaña de reclutamiento forzoso?”.

Pablo no tuvo que entregar a ninguno de sus cuatro hijos pero sí debió pagar un impuesto –conocido como “vacuna”- a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) por sus bienes y debió pedir permiso a la guerrilla antes de poner a la venta su finca.

Con respecto a su condición de refugiado, este campesino opina que siempre existe un recelo hacia él y hacia los suyos. “No lo digo por mi comunidad, pero afuera uno se da cuenta. ‘¿Por qué se vendría? ¿A cuántos no mataría?’ Esa es la carga que llevamos todos los colombianos”.

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