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Fuente: Plos ONE
Fecha: 2015

Según un nuevo estudio, realizada por la Universidad de Turku de Finlandia y la Fundación SINTEF de Noruega, las personas temerarias o atrevidas tienen un cerebro bien desarrollado e incluso más capaz que los individuos conservadores. En concreto, tienen significativamente más materia blanca, la red neuronal que transmite señales en forma de impulsos nerviosos.

El objetivo del proyecto era investigar los procesos de toma de decisiones en los cerebros de 34 hombres jóvenes, de 18 y 19 años. A partir de tests psicológicos, estos hombres fueron divididos en dos grupos: los que asumían pocos riesgos y los que asumían riesgos importantes. ”Esperábamos encontrar que los hombres jóvenes que pasaban mucho tiempo decidiendo qué hacer en una situación de riesgo y, en consecuencia, tuvieran más desarrolladas las redes neuronales, tomaran decisiones rápidas y oportunas”, dice Dagfinn Moe, uno de los autores del trabajo. “Esto punto había sido ya bien documentado en una serie de estudios. Sin embargo, nuestro proyecto reveló todo lo contrario”.

Las imágenes tomadas de los cerebros de los jóvenes revelaron grandes diferencias en la materia blanca. Aquellos hombres jóvenes que tomaban decisiones rápidas durante simulaciones de conducción, tenían significativamente más materia blanca que los que dudaron, evaluaron la situación y optaron por conducir con seguridad.

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“Este hallazgo es interesante y será importante para nuestra forma de entender el desarrollo del cerebro y del potencial de aprendizaje relacionado con la disposición del riesgo”, explica Moe. “Esto va a ser una información útil para padres, maestros, entrenadores deportivos y, no menos importante, para instructores de conducción, cuando se ha de evaluar el comportamiento de alto riesgo entre conductores jóvenes”, añade.

Para el estudio, los investigadores emplearon un juego de conducción en el que los participantes obtenían puntos en función del nivel de riesgo que estaban dispuestos a asumir. La prueba a la que fueron sometidos consistía en una simulación de un viaje en coche, en la que había que atravesar 20 semáforos.

Antes de las pruebas, los sujetos fueron divididos en dos grupos, los que asumían riesgos altos (TRH) y los que asumían riesgos bajos (LRT).  La tarea asignada a los jóvenes fue que, al encontrarse con una luz de color ámbar en los semáforos, podían decidir si se debían detener o aprovechar la oportunidad para completar el viaje entero lo más rápido posible. La decisión de parar sumaba tres segundos al tiempo total empleado en el recorrido; y una colisión sumaba seis segundos. En otras palabras, los mejores tiempos fueron logrados por aquellas personas que hacían caso a las luces ámbar y evitaban con ello las colisiones, pero los sujetos no podían saber de entrada si iban a encontrarse con otro coche en los cruces.

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Todos los participantes probaron el juego antes de que comenzaran las pruebas formales, donde fueron sometidos a una exploración de sus cerebros. Antes de las pruebas, fueron evaluados además sobre cualquier deficiencia anatómica o sobre problemas y condiciones de salud mental que pudieran haber influido en las funciones cognitivas que se iban a medir. Asimismo, todos ellos eran diestros.

La primera medición, realizada con FMRI, analizó las diferencias de activación local en la materia gris del cerebro durante el desarrollo de la prueba. La segunda medición implicó un análisis de imágenes de tensor de difusión (DTI) con el que se estimó la diferencia entre los grupos en la integridad de la materia blanca, en función en concreto de la calidad de la vaina de mielina que rodea las fibras nerviosas de dicha materia.

Así, los resultados proporcionaron una imagen de la actividad neuronal local en los momentos en que las decisiones eran tomadas por los individuos de los dos grupos.  Así fue como se detectaron las diferencias estructurales del sistema de transmisión de la señal del cerebro entre los más riesgosos y los menos.

Las medidas se tomaron en el momento en el que los participantes tomaban la decición de parar o seguir adelante en cada semáforo en ámbar. Los resultados mostraron que los voluntarios más arriesgados no dudaban mucho tiempo antes de tomar sus decisiones. Su optimismo, su voluntad de tener una oportunidad, y la fe en su éxito marcaron estas decisiones. Mientras, los hombres poco arriesgados se encontraban en un dilema. ¿Debían aprovechar la oportunidad aún a riesgo de estrellarse?  Elegir el botón de “parada” fue la decisión más segura para salir al paso.

El análisis de la materia blanca en los dos grupos reveló diferencias importantes y evidentes  entre ambos tipos de personas. Estas diferencias fueron constatadas en la corteza prefrontal, en los tractos (o haces de fibras) interhemisféricos (situados entre los dos hemisferios cerebrales); y en la parte posterior del cerebro que controla la visión.

“La temeridad y el riesgo de disposición activan y desafían la capacidad del cerebro y contribuyen al aprendizaje, las estrategias y el desarrollo de la capacidad de enfrentarse”, explica Moe. “Pueden estimular el comportamiento hacia la toma de riesgos en personas ya predispuestas a adoptar esos riesgos para afrontar estos de manera óptima”.

A raíz de estos resultados, Moe asegura que “debemos dejar de considerar el atrevimiento y la disposición al riesgo  como patrones de comportamiento no deseados e incontrolados”.  Ahora, junto con el Centro de Neurociencia Cognitiva de la Universidad de Turku, el investigador está planeando un nuevo estudio sobre enfoques educativos dirigidos a ambos tipos de sujetos, de riesgo alto y bajo.

“Creemos que este resultado es una contribución muy importante a nuestra comprensión de la influencia de actitudes como la curiosidad, la audacia y el juego en el desarrollo del cerebro y de nuestras habilidades físicas y mentales”, señala Moe. “El espíritu audaz está profundamente arraigado en nuestra naturaleza, en todos y cada uno de nosotros. Pero puede conllevar accidentes para aquellos que no estén bien preparados”, concluye.

Acceso gratuito al texto completo.

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