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La temperatura ambiental influye en los beneficios neuronales que provoca salir a correr


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Fuente: Behavioural Brain Research
Referencia: Volumen 299, número , página(s) 27–31
Fecha: Febrero 2016

Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Houston y publicado en la revista Behavioural Brain Research, analiza la relación entre salir a correr y el cerebro, determinando que la temperatura ambiental influye en los beneficios neuronales que provoca este ejercicio.

Las investigaciones, realizadas en ratas, han demostrado que, contrariamente a lo que en un inicio pudiera creerse, la realización de ejercicio en condiciones térmicas altas (37,5ºC) o bajas (4,5ºC) genera una mayor cantidad de nuevas células y neuronas inmaduras (recién diferenciadas). Este ejercicio fue desarrollado durante menor período de tiempo y a un ritmo menor. Por lo que los investigadores sugieren que la realización de ejercicio en estas condiciones puede acelerar los beneficios cerebrales de ejercicio.

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El ejercicio proporciona una gran cantidad de beneficios al cerebro, incluyendo el aumento de la neurogénesis (formación de nuevas neuronas) en la región del cerebro denominada hipocampo, lo que se ha vinculado con la mejora de la cognición. El equipo de Houston ha demostrado que hacer ejercicio de un modo específico tiene ventajas para el cerebro de las personas. Una estrecha relación que podría beneficiar a pacientes sometidos a quimioterapia, o pacientes que han sufrido algún tipo de accidente cerebrovascular, en los que dichas capacidades se ven disminuidas.

Los investigadores estadounidenses establecen que un tipo de ejercicio a un ritmo bajo y en un recorrido relativamente corto es el que generará tales beneficios. De ahí que, realmente, se trata de dos concepciones del ejercicio distintas y no es conveniente confundirlas.

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Cuando realizamos ejercicio aumenta la temperatura corporal de nuestro organismo de forma considerable. Algo que nuestro propio cuerpo debe regular ya que el cerebro puede verse dañado fácilmente con los cambios de temperatura, pues las funciones llevadas a cabo por el cerebro se producen en un rango de temperatura relativamente estrecho.

Pues bien, para llevar a cabo este control térmico nuestro cuerpo dispone de una serie de mecanismos controlados por el hipotálamo. Digamos que actúa de forma parecida al termostato de una casa.

Teniendo en cuenta esto y añadido al hecho que una mejora en la neurogénesis está vinculada con una mayor cognición, el equipo de investigación de la Dra. Leasure, realizó un estudio con ratas. A partir de éste comprobaron que la realización de ejercicio a bajas temperaturas (4,5°C) podría promover de forma más eficaz la neurogénesis en una parte concreta del hipocampo, denominada dentate gyrus que el ejercicio a temperatura ambiente (20°C).

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Estudios previos habían demostrado que eran necesarios entre 10 y 14 días de ejercicio en condiciones normales de temperatura ambiente para obtener un aumento en el número de neuronas inmaduras. Sin embargo, en el estudio realizado por los investigadores de Houston, observaron que correr menos de 500 metros/día en condiciones térmicas frías o cálidas aumentaba el número de estas neuronas.

Visto en este contexto, estos resultados hicieron sugerir a los investigadores que la temperatura ambiente sea fría o cálida podía acelerar los beneficios cerebrales de ejercicio. Entonces. ¿Cuál es la aplicación práctica de estos resultados? ¿Quiénes encontrarían una alternativa beneficiosa tras esta aportación científica?

La idea de que el ejercicio podría mejorar los efectos cognitivos de otras terapias es algo ampliamente conocido en el ámbito científico. Así, las personas con movilidad normal podrán beneficiarse con esta práctica. Pero, ¿qué ocurre con aquellas personas en las que por diversos motivos traumáticos han visto su capacidad cognitiva deteriorada acompañada de una reducción de la movilidad?

Paradójicamente, los cerebros que resultarían más beneficiados serían aquellos que, en principio, tendrían menos posibilidades de aprovecharse de los beneficios de esta actividad. Este es el caso de personas que padecen cáncer, en donde los tratamientos, por ejemplo, con radiación cerebral, provocan una disminución de la neurogénesis o aquellas personas que han sufrido una lesión cerebral traumática o apoplejía. Y del mismo modo ocurre cuando envejecemos; un proceso totalmente natural.

Sin embargo, todas estas personas afectadas de una forma u otra a nivel físico, comparten un mismo problema. Y es que tienen limitaciones de movilidad. Por lo que su capacidad para soportar una actividad física es mínima o, desde luego, muy baja. Esto hace que la capacidad para aprovechar los beneficios que el ejercicio aporta al cerebro se vea muy disminuida.

Los resultados obtenidos por este equipo de investigadores aportan una luz de esperanza para estos pacientes. Y sugieren un simple medio para maximizar los beneficios del ejercicio y reducir al mínimo el tiempo de ejercicio. Lo que podría ser útil para descubrir rutas que aceleren los beneficios neuronales del ejercicio.

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Los distintos recuerdos pueden influir en nuestra atención sin que nos demos cuenta


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Fuente: Neuron
Fecha: Enero 2016

 

Un equipo de investigadores de la Universidad de Nueva York ha analizado cómo se ve impulsada la atención por el material que custodia nuestro órgano pensante. “Tenemos múltiples sistemas de memoria, asociados a distintas regiones cerebrales, que nos ayudan a aprender y recordar los diferentes tipos de información”, explica a Sinc Elizabeth Goldfarb, investigadora en el Departamento de Psicología de la Universidad de Nueva York y autora principal del estudio. “Por ejemplo, la memoria para los patrones espaciales implica al hipocampo, mientras que la de los hábitos tiene su núcleo en el cuerpo estriado”, concreta la autora.

Según los responsables del trabajo, entre los distintos tipos de recuerdos se encuentran los episódicos y los habituales o ‘rígidos’. Los primeros surgen de la recolección de los detalles contextuales, como el diseño y la ubicación de los objetos en una habitación que nos es familiar.

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Los recuerdos habituales aparecen con frecuencia en la vida cotidiana como un reflejo natural: si alguien da un giro a la derecha en una señal de stop de camino al trabajo todos los días, tenderá a hacerlo igualmente, de manera mecánica, cuando no vaya a trabajar .

“Estos diferentes tipos de memorias pueden influir en las cosas en que nos fijamos. Si alguien busca sus llaves, le será más fácil encontrarlas en una habitación de su casa, que es un espacio que conoce y cuyos detalles están almacenados en forma de recuerdos episódicos”, explica Goldfarb.

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“La novedad es que también se pueden utilizar los recuerdos habituales o ‘rígidos’ para guiar la atención”, puntualiza.

Los investigadores realizaron una serie de experimentos en los que los recuerdos, tanto episódicos como habituales, podrían condicionar la atención. Durante estas tareas, se observó la actividad cerebral de los participantes utilizando imágenes por resonancia magnética funcional (fMRI).

En una de las pruebas los sujetos del estudio tenían que buscar en una pantalla de ordenador un objetivo –una “T” girada– mezclado entre otros elementos visuales de distracción. Cuando lo localizaban debían pulsar un botón indicando la dirección de la “T”.

Los participantes no sabían que algunas de las pantallas se repetían. Sin embargo, de manera inconsciente, utilizaron su memoria para ese contexto familiar y su hipocampo se activó.

En un segundo test, los científicos los pusieron a prueba con un mecanismo de estímulo-respuesta destinado a activar los procesos de creación de recuerdos habituales. Aquí, las formas en la pantalla (la “T” y los objetos  visuales de distracción) se presentaron en un color diferente. Este color servía como estímulo, de forma análoga a la señal de stop de camino al trabajo. Con el tiempo, los sujetos aprendieron que cuando veían este color debían buscar la “T” en una parte concreta de la pantalla. En este caso, era el cuerpo estriado el que se activaba.

“A pesar de que los sujetos no sabían que estaban formando estos recuerdos, el hecho de que realizaran mejor los ejercicios cuando las claves contextuales y habituales estaban presentes nos muestra que su atención se vio impulsada por su memoria”, concluye Goldfarb.

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Recordar eventos pasados podría producirse más rápido de lo que se pensaba


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Fuente: Journal of Neuroscience
Referencia: Volumen 36, número 1, página(s) 251-260
Fecha: Enero 2016

MADRID, 6 Ene. (EUROPA PRESS) –

Una investigación publicada en ‘Journal of Neuroscience’ ha demostrado que la recuperación de los recuerdos de eventos de nuestro pasado puede tener lugar más rápido de lo que se pensaba anteriormente y es posible interferir en ese proceso. Se creía que el proceso de recuperación de la memoria episódica, experiencias personales que requieren volver a examinar la información sensorial recibida en el pasado, era relativamente lento en el cerebro, llevando alrededor de medio segundo.

Utilizando la electroencefalografía (EEG), que vigila la actividad neuronal con una resolución temporal alta, el equipo de este trabajo demostró que la recuperación episódica comienza con una rápida reactivación de las áreas cerebrales sensoriales.

Los resultados proporcionan la primera evidencia neural de esta activación sensorial temprana y muestran que en realidad dura entre 0,1 y 0,2 segundos comenzar a recordar el evento. Además, se demostró que la activación inicial de áreas cerebrales sensoriales es causalmente relevante para el recuerdo consciente.

El estudio se llevó a cabo como una colaboración entre la Universidad de Konstanz, en Alemania, y la Universidad de Birmingham, en Reino Unido, que realizó dos experimentos independientes en participantes humanos y halló también que es posible interferir con la recuperación de la memoria mediante la aplicación de la estimulación magnética transcraneal repetitiva (EMTr) para alterar la función cerebral.

El doctor Simon Hanslmayr, de la Universidad de Birmingham, explica que los recuerdos semánticos, como saber que París es la capital de Francia, no están amarrados por ningún momento o lugar específico. “Rara vez se recuerda cómo o dónde se aprendió primero esa información. Sin embargo, recuerdos episódicos, los que estudiamos aquí, son eventos únicos con un marco único de referencia en el espacio y el tiempo. Se creía que requerían la búsqueda en el hipocampo y, por lo tanto, conllevaban un poco de tiempo, pero estos hallazgos desafían esa creencia e ilustran una respuesta mucho más de acción rápida”.

Por su parte, Gerd Waldhauser, ahora en la Ruhr-Universität Bochum en Alemania, añade que “saber que la memoria episódica depende funcionalmente de esta muy rápida reactivación de la información sensorial y ver que podemos interferir en ese proceso realmente mejora nuestra comprensión de cómo nuestra memoria funciona. Todavía es pronto pero hay diferentes maneras en las que esto podría ser útil. Por ejemplo, puede ayudar a entender los trastornos psiquiátricos que involucran la intrusión automática de recuerdos no deseados. Hay una serie de casos en los que ser capaces de intervenir y orientar recuerdos traumáticos sería beneficioso”.

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Las personas atrevidas tienen más materia blanca cerebral lo que les otorga mayor inteligencia


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Fuente: Plos ONE
Fecha: 2015

Según un nuevo estudio, realizada por la Universidad de Turku de Finlandia y la Fundación SINTEF de Noruega, las personas temerarias o atrevidas tienen un cerebro bien desarrollado e incluso más capaz que los individuos conservadores. En concreto, tienen significativamente más materia blanca, la red neuronal que transmite señales en forma de impulsos nerviosos.

El objetivo del proyecto era investigar los procesos de toma de decisiones en los cerebros de 34 hombres jóvenes, de 18 y 19 años. A partir de tests psicológicos, estos hombres fueron divididos en dos grupos: los que asumían pocos riesgos y los que asumían riesgos importantes. ”Esperábamos encontrar que los hombres jóvenes que pasaban mucho tiempo decidiendo qué hacer en una situación de riesgo y, en consecuencia, tuvieran más desarrolladas las redes neuronales, tomaran decisiones rápidas y oportunas”, dice Dagfinn Moe, uno de los autores del trabajo. “Esto punto había sido ya bien documentado en una serie de estudios. Sin embargo, nuestro proyecto reveló todo lo contrario”.

Las imágenes tomadas de los cerebros de los jóvenes revelaron grandes diferencias en la materia blanca. Aquellos hombres jóvenes que tomaban decisiones rápidas durante simulaciones de conducción, tenían significativamente más materia blanca que los que dudaron, evaluaron la situación y optaron por conducir con seguridad.

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“Este hallazgo es interesante y será importante para nuestra forma de entender el desarrollo del cerebro y del potencial de aprendizaje relacionado con la disposición del riesgo”, explica Moe. “Esto va a ser una información útil para padres, maestros, entrenadores deportivos y, no menos importante, para instructores de conducción, cuando se ha de evaluar el comportamiento de alto riesgo entre conductores jóvenes”, añade.

Para el estudio, los investigadores emplearon un juego de conducción en el que los participantes obtenían puntos en función del nivel de riesgo que estaban dispuestos a asumir. La prueba a la que fueron sometidos consistía en una simulación de un viaje en coche, en la que había que atravesar 20 semáforos.

Antes de las pruebas, los sujetos fueron divididos en dos grupos, los que asumían riesgos altos (TRH) y los que asumían riesgos bajos (LRT).  La tarea asignada a los jóvenes fue que, al encontrarse con una luz de color ámbar en los semáforos, podían decidir si se debían detener o aprovechar la oportunidad para completar el viaje entero lo más rápido posible. La decisión de parar sumaba tres segundos al tiempo total empleado en el recorrido; y una colisión sumaba seis segundos. En otras palabras, los mejores tiempos fueron logrados por aquellas personas que hacían caso a las luces ámbar y evitaban con ello las colisiones, pero los sujetos no podían saber de entrada si iban a encontrarse con otro coche en los cruces.

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Todos los participantes probaron el juego antes de que comenzaran las pruebas formales, donde fueron sometidos a una exploración de sus cerebros. Antes de las pruebas, fueron evaluados además sobre cualquier deficiencia anatómica o sobre problemas y condiciones de salud mental que pudieran haber influido en las funciones cognitivas que se iban a medir. Asimismo, todos ellos eran diestros.

La primera medición, realizada con FMRI, analizó las diferencias de activación local en la materia gris del cerebro durante el desarrollo de la prueba. La segunda medición implicó un análisis de imágenes de tensor de difusión (DTI) con el que se estimó la diferencia entre los grupos en la integridad de la materia blanca, en función en concreto de la calidad de la vaina de mielina que rodea las fibras nerviosas de dicha materia.

Así, los resultados proporcionaron una imagen de la actividad neuronal local en los momentos en que las decisiones eran tomadas por los individuos de los dos grupos.  Así fue como se detectaron las diferencias estructurales del sistema de transmisión de la señal del cerebro entre los más riesgosos y los menos.

Las medidas se tomaron en el momento en el que los participantes tomaban la decición de parar o seguir adelante en cada semáforo en ámbar. Los resultados mostraron que los voluntarios más arriesgados no dudaban mucho tiempo antes de tomar sus decisiones. Su optimismo, su voluntad de tener una oportunidad, y la fe en su éxito marcaron estas decisiones. Mientras, los hombres poco arriesgados se encontraban en un dilema. ¿Debían aprovechar la oportunidad aún a riesgo de estrellarse?  Elegir el botón de “parada” fue la decisión más segura para salir al paso.

El análisis de la materia blanca en los dos grupos reveló diferencias importantes y evidentes  entre ambos tipos de personas. Estas diferencias fueron constatadas en la corteza prefrontal, en los tractos (o haces de fibras) interhemisféricos (situados entre los dos hemisferios cerebrales); y en la parte posterior del cerebro que controla la visión.

“La temeridad y el riesgo de disposición activan y desafían la capacidad del cerebro y contribuyen al aprendizaje, las estrategias y el desarrollo de la capacidad de enfrentarse”, explica Moe. “Pueden estimular el comportamiento hacia la toma de riesgos en personas ya predispuestas a adoptar esos riesgos para afrontar estos de manera óptima”.

A raíz de estos resultados, Moe asegura que “debemos dejar de considerar el atrevimiento y la disposición al riesgo  como patrones de comportamiento no deseados e incontrolados”.  Ahora, junto con el Centro de Neurociencia Cognitiva de la Universidad de Turku, el investigador está planeando un nuevo estudio sobre enfoques educativos dirigidos a ambos tipos de sujetos, de riesgo alto y bajo.

“Creemos que este resultado es una contribución muy importante a nuestra comprensión de la influencia de actitudes como la curiosidad, la audacia y el juego en el desarrollo del cerebro y de nuestras habilidades físicas y mentales”, señala Moe. “El espíritu audaz está profundamente arraigado en nuestra naturaleza, en todos y cada uno de nosotros. Pero puede conllevar accidentes para aquellos que no estén bien preparados”, concluye.

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El sentido del gusto está totalmente programado


 

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Fuente: Nature
Fecha: Noviembre 2015

En relación con el sentido del gusto, se suele pensar que las papilas gustativas son las encargadas de detectar los cinco sabores de la comida y enviarle esa información al cerebro. Pero ahora, un grupo de investigadores del Columbia University Medical Center, ha publicado un artículo en la revista «Nature» en el que demuestran que se puede provocar que un ratón perciba que el agua es dulce o amarga solo con modificar un grupo de neuronas del cerebro.

«Lo más importante de este estudio es el descubrimiento de que es posible “recrear” la percepción de sabor de un animal, y la representación interna de los sabores dulce y amargo, manipulando directamente el cerebro», ha explicado Charles S. Zuker, director del estudio e investigador del Howard Hughes Mecical Institute. Por eso, en su opinión, «el sabor, tal como lo conocemos, está en último término en el cerebro, no en la lengua».

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Esto, dicho de otra forma, significa que la lengua puede tener receptores para captar el sabor amargo y dulce, pero es en el cerebro donde esas señales adquieren sentido.

«En este estudio, queríamos comprobar si hay regiones específicas en el cerebro que activan la sensación de amargo y dulce. Si las hay, al silenciar esas regiones se evitaría que el animal percibiera esas sensación, a pesar de que le diéramos estímulos de dulce o amargo (en la lengua)», ha explicado Zucker. Por eso mismo, «si activamos esas zonas, ellos deberían percibir un sabor dulce o amargo aunque estuvieran bebiendo agua».

Cuando los científicos inyectaron una sustancia para silenciar las neuronas para el sabor dulce, los ratones dejaron de percibir este sabor, pero seguían percibiendo el amargor. Lo mismo pasó cambiando los papeles. Incluso, si se les daba agua y se activaban esas zonas, los animales saboreaban lo que los investigadores querían.

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Para ello, recurrieron a la optogenética, una técnica que permite modificar el cerebro de animales de experimentación para que neuronas concretas respondan a la luz de un láser y se puedan activar o desactivar a voluntad. Además, observaron si los animales chupaban más en busca de agua supuestamente dulce, o si al contrario aparecían náuseas y rechazo a lo amargo.

Incluso entre los animales que nunca habían percibido ninguno de esos sabores antes, observaron estas respuestas activando y desactivando neuronas concretas. Por ello, para Zuker, «estos experimentos prueban formalmente que el sentido del gusto está totalmente programado, y que es independiente del aprendizaje y la experiencia», cosa que no ocurre con los olores, tal como apunta el científico.

Mientras los investigadores siguen estudiando cómo estas neuronas del sabor se relacionan con otras y regulan comportamientos, Zucker destaca que en humanos el gusto también es innato y programad o, cosa probada en el rechazo de los bebés a lo amargo y en su gusto por lo dulce. «Pero, a diferencia de la mayoría de los animales, podemos aprender a que nos guste lo amargo (como la cerveza y el café) o a que no nos guste lo dulce», conclue el investigador.

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Los cerebros humanos evolucionaron para ser más sensibles a las influencias del medio ambiente


MADRID, 16 (EUROPA PRESS)

Investigadores de la Universidad George Washington, en Estados Unidos, han descubierto que los cerebros humanos exhiben más plasticidad, con propensión a ser modelados por el medio ambiente, que los cerebros de los chimpancés, lo que puede haber influido en parte de la evolución humana.

Este estudio examinó la heredabilidad de la organización del cerebro en los chimpancés en comparación con la de los seres humanos, proporcionando una pista de por qué los humanos son tan capaces de adaptarse a diferentes entornos y culturas.

El equipo de investigación estudió 218 cerebros humanos y 206 cerebros de chimpancés para comparar dos cosas: el tamaño del cerebro y la organización en relación con la similitud genética. Los cerebros humanos eran de gemelos (idénticos y fraternos) o hermanos; los cerebros de los chimpancés tenían una variedad de relaciones de parentesco, incluyendo madres e hijos o hermanos y medio hermanos.

El estudio encontró que el tamaño del cerebro humano y del chimpancé estuvieron ambos influenciados por la genética. En contraste, los hallazgos relacionados con la organización del cerebro fueron diferentes para los chimpancés y los seres humanos. En los chimpancés, la organización del cerebro es también altamente heredable, pero en los seres humanos no es así.

“Encontramos que la anatomía del cerebro del chimpancé está más fuertemente controlada por los genes que la de los cerebros humanos, lo que sugiere que el cerebro humano tiene una forma ampliamente influenciada por el entorno, sin importar su genética”, afirma Aida Gómez Robles, científica postdoctoral en el Centro GW para el Estudio Avanzado de la Paleobiología Humana.

“Así, mientras que la genética determina el tamaño del cerebro humano y del chimpancé, no es tanto un factor para la organización cerebral humana como lo es para los chimpancés”, añade esta autora de la investigación, que se detalla en un artículo que se publica en ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’.

“El cerebro humano parece ser mucho más sensible a las influencias del medio ambiente –afirma Gómez-Robles–. Es algo que facilita la adaptación constante del cerebro humano y el comportamiento a los cambios del entorno, que incluye nuestro contexto social y cultural”.

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El cerebro de los músicos escucha la música simétricamente


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Fuente: Plos One
Fecha: Septiembre 2015

MADRID, 30 Sept.(EUROPA PRESS)

Escuchar música activa los cerebros de los músicos de una manera más simétrica que en las personas que no tocan ningún instrumento o no ejercen esta profesión, según una nueva investigación del Centro Finlandés de Investigación Interdisciplinaria de Música (CIMR, por sus siglas en inglés) en la Universidad de Jyväskylä, en Finlandia. Esto puede reflejar una comunicación más eficiente entre los hemisferios cerebrales en los músicos.

De hecho, las exigencias de la habilidad musical, como la coordinación bimanual de movimientos de los dedos, pueden requerir una mayor conectividad entre las regiones motoras de los dos hemisferios cerebrales para tener la velocidad y la eficiencia necesaria para la interpretación musical. Esta mayor conectividad se observa en una actividad cerebral más simétrica.

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Los resultados, que se publican en la revista ‘Plos One’, ponen de relieve que la postura y la cinemática específica implicada en la práctica de tocar un instrumento pueden ser factores decisivos en la formación de las respuestas cerebrales cuando se escucha música.

El equipo de investigación registró la actividad cerebral de 18 músicos y 18 personas que no son músicos mientras escuchaban atentamente música de diferentes géneros, utilizando imágenes de resonancia magnética funcional (fMRI) en el Centro de AMI de la Universidad de Aalto, en Finlandia.

“Mediante el uso de este enfoque más realista para estudiar el cerebro que experimentos más controlados en el campo de la neurociencia, no hay necesidad de confiar en la capacidad de autoevaluación de los participantes, lo que podría limitar los procesos cerebrales mismos que tratamos de estudiar”, explica Iballa Burunat, autora principal del estudio.

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Curiosamente, los análisis estadísticos revelaron también que las respuestas cerebrales de los teclistas eran más simétricas que las de los de violinistas. “Tocar el piano requiere un uso más parejo y sincronizado de las dos manos y los dedos que a la hora de tocar el violín, lo que pueden estar guiando estas diferencias”, explica el coautor Petri Toiviainen, de la Universidad de Jyväskylä.

No sólo las motoras sino también las áreas visuales se comportaron más simétricamente en el grupo de personas que tocan el piano frente a los violinistas, “una diferencia tal vez derivada de los requisitos desiguales de coordinación mano-ojo entre estos grupos”, añade la profesora Elvira Brattico, de la Universidad de Aarhus, Dinamarca, coautora del estudio.

Al leer la música, teclistas requieren estrategias eficientes de exploración visual para la adquisición continua de múltiples partes información visual y el control de sus movimientos de mano sincronizados. Por lo tanto, los diferentes perfiles de simetría parecen reflejar las competencias específicas necesarias para el dominio de diferentes instrumentos.

Estos resultados tienen implicaciones más amplias para entender mejor cómo la experiencia en una modalidad (en este caso, el control motor) puede impulsar cambios en el procesamiento neural en otra modalidad (escuchar). La plasticidad del cerebro, es decir, la capacidad del cerebro para cambiar y adaptarse como resultado de la experiencia, se ha convertido en un área de creciente interés en la neurociencia.

“Aunque no podemos probar la causalidad, se cree que la formación musical específica lleva a esta simetría. En otras palabras, la experiencia musical puede generar cambios funcionales permanentes en la forma en que los músicos perciben y procesan la música a nivel neuronal”, concluye Iballa Burunat concluye. Así, la experiencia musical parece ser crucial en cómo los cerebros escuchar la música.

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El cuerpo humano está programado para la pereza


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Fuente: Current Biology
Fecha: Septiembre 2015

MADRID, 13 Sep. (EUROPA PRESS) –

Un equipo de investigadores informa en un artículo que se publica este jueves en ‘Current Biology’ que los sistemas nerviosos de los seres humanos son muy hábiles para cambiar la forma en que se mueven con el fin de gastar la menor cantidad de energía posible, es decir, que los seres humanos están programados para la pereza. Los hallazgos, fruto de un estudio de los costes energéticos de caminar, probablemente se aplican a la mayoría de los movimientos humanos, según los investigadores.

“Hemos encontrado que las personas cambian con facilidad la forma en la que andan, incluyendo características de su modo de caminar que se han establecido con millones de pasos a lo largo de su vida– para ahorrar bastantes pequeñas cantidades de energía”, dice Max Donelan, de la Universidad Simon Fraser, en Canadá.

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“Esto es completamente coherente con el hecho de que la mayoría de nosotros preferimos hacer las cosas con un esfuerzo mínimo, como cuando elegimos el camino más corto u optamos por sentarnos en lugar de estar de pie. Aquí proporcionamos una base fisiológica para esta pereza al demostrar que, incluso dentro de un movimiento perfectamente ensayado, como caminar, el sistema nervioso controla inconscientemente el uso de energía y de forma continua re-optimiza los patrones de movimiento en una búsqueda constante de avanzar con el menor gasto posible”, explica.

Hay un lado positivo de esto, como añade la autora principal Jessica Selinger: “Detectar y optimizar el uso de energía de forma rápida y precisa es una hazaña impresionante por parte del sistema nervioso. Tienes que ser inteligente para ser tan perezoso”.

Donelan, Selinger y sus colegas querían entender por qué la gente se mueve de la manera en que lo hace, dado que hay un sinnúmero de formas de conseguir ir de un punto A al B. Esto es en parte una cuestión de evolución y aprendizaje, pero los investigadores querían saber en qué medida el cuerpo humano puede adaptar el movimiento basándose en la contribución fisiológica en tiempo real.

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Para averiguarlo, los científicos pidieron a la gente que caminara mientras llevaban puesto un exoesqueleto robótico. Los investigadores hicieron más difícil para los participantes doblar las piernas poniendo resistencia en la rodilla durante la marcha normal, mientras que aliviaron esta resistencia en el caso de otras formas de caminar.

“Pensamos en nuestro experimento como dejar caer a alguien en un mundo nuevo con todas las nuevas reglas –relata Selinger–. Cualquier estrategia para caminar que puedan haber desarrollado en escalas de tiempo de evolución o de desarrollo están ahora obsoletas en este nuevo mundo”. Este esquema permitió probar si las personas pueden detectar y optimizar el coste asociado a sus movimientos en tiempo real y resultó que es posible.

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El experimento reveló que los individuos adaptan su frecuencia de paso para converger en un nuevo consumo energético óptimo muy rápidamente, en cuestión de minutos. Incluso, las personas hacen esto aún cuando el ahorro de energía es muy pequeño: menos del 5 por ciento. Los resultados muestran que los costos energéticos de las actividades del ser humano no son sólo el resultado de sus movimientos, sino que en realidad juegan un papel central en su moldeado.

Los investigadores dicen que ahora planean explorar preguntas acerca de cómo el cuerpo humano mide los costes energéticos asociados a formas particulares de movimiento y también están interesados en saber cómo el cuerpo resuelve lo que es un problema de optimización muy complejo. “Caminar requiere la coordinación de literalmente decenas de miles de unidades motoras de los músculos –dice Donelan– ¿Cómo descubrimos rápidamente las combinaciones óptimas?”.

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